Estrategias de construcción masculina en Ciudad Juárez

I. Los estudios de masculinidad desde una perspectiva de género.
La teoría feminista y los estudios de masculinidad
Los estudios sobre la masculinidad se sitúan en la línea de los estudios sobre las mujeres y la reflexión suscitada sobre el género. Acerca de los Men´s Studies, Michael Kimmel advierte: “No partimos de cero sino del trabajo pionero realizado por los Women´s Studies sobre el tema del género”. Problematizar la condición masculina, señala Harry Brod, no implica que el movimiento de las mujeres haya complicado algo que era tan simple, sino que ha permitido tomar conciencia que los hombres, como toda expresión del ser humano, es un resultado espacio-temporal, de tradiciones, circunstancias y voluntades individuales que precisan ser examinadas y ya no ser aceptadas como dadas por hecho o como si estas fuesen cuasinaturales.6
Así, los estudios de masculinidad consisten en hacer “manifiesta” la condición masculina, entendida como aquello que acontece a los hombres, en un acto reflexivo y relacional sobre lo que encierra dicha experiencia siempre particular 9, social e históricamente situada, deconstruida en su condición de hecho/acontecimiento (evencialidad, Morin, 2004) social y a la vez expresión evolutiva de la especie, es decir reconocer como necesario si no que indispensable el tener que abandonar el discurso universalista y etéreo sobre el género haciéndose inevitable su particularización ya sea éste masculino o femenino, o los que resulten en el devenir histórico del ser-humano, The limits of masculinity (1977) de Andrew Tolson parte de obras, ya citadas, de Ann Oakley para definir la masculinidad como “una identidad genérica culturalmente especifica y socialmente funcional”.8 lo cual implica necesariamente un cambio en la mirada y el posicionamiento de quienes realizan este acercamiento, como actos sobre la razón, de forma recursiva, crítica y reflexiva, al mismo tiempo que se compromete a visibilizar lo evidente-invisible o aquello que es asumido como natural o dado, es decir como no necesitado de ser discutido o esclarecido. Tal actitud o posicionamiento discursivo, epistemológico, ético y político irrumpe con lo heredado, lo aceptado, lo legitimo y lo hegemónico, (aquello identificado con lo disciplinar como diría Foucault). Tal actitud/disposición define el enfoque de los investigadores sobre la masculinidad.5
Género y viabilidad ontológica
La discusión sobre el género trasciende los estudios particulares sobre mujeres u hombres, si bien se ancla en las formas concretas que adquieren las experiencias de ser mujer o construirse como tal o aquellas de ser masculino o experimentarse como hombre, anclaje necesario para no redundar en discusiones metafísicas arcaicas ya superadas, lo cierto es que tal discusión nos lleva directamente al campo de la filosofía contemporánea o la epistemología moderna.
Discutir sobre el género implica reconocer la actualidad que tienen la necesidad de cargar con sentido lo referente a reconocer o identificar lo propiamente “humano”, más allá de los escencialismos ontológicos de la herencia cristiano-humanistas en que se ancla la tradición occidental.
Pensadores contemporáneos, buscando trascender los límites disciplinares, han rescatado del psicoanálisis el debate sobre la existencia de un núcleo genérico en la psique humana se presenta de forma indistinta, sin marca o carga genérica, en la que puediera anclarse perse la distinción de mujer u hombre, y para el que además no hay ni tiempo ni espacio.
Como tal discusión no puede desarrollarse por conllevar el tener que tomar registros concretos para validar las distintas posiciones, y estos al tratarse de individuos concretos siempre estarán circunscriptos a un tiempo y un lugar, enmarcados en un momento histórico y en el usos de un lenguaje específico, aspectos mismos que se encontrarán ya predefinidos con cargas genéricas de masculino o femenino. Por lo tanto, tal momento no puede ser acotado y todo acto de reflexibidad en torno a este debate implicaría un tratamiento abstracto completamente discreto en la selección de aquellos elementos que sean privilegiados para su construcción, por lo que tal disputa ha sido clausurada como tal, o ya superada abocándose hoy los esfuerzos teórico-reflexivos a una interpretación de las expresiones históricas concretas y las manifestaciones de éstas sobre aquello que se pretende debatir, trascendiendo las lógicas conjuntistas identitarias heredadas del racionalismo y del positivismo, como lo propone Castoriadis.
De igual forma Morin traslada la discusión sobre la relación entre individuo/a (léase hombre o mujer) y sociedad al debate sobre la base orgánica (biológica) de la experiencia de ser humano, colocando en el centro la reflexión sobre la relación de individuo/a y especie. Así lo valioso de todo individuo/a no es su correspondencia a un ideal genérico abstracto de humanidad o de “lo humano”, construido en una escala de valores que jerarquiza, categoriza, discrimina y posiciona, sino reconociendo en cada individuo/a una expresión concreta de la especie por ello igualmente valiosa y digna de ser respetada, rompiendo así con el sometimiento de las experiencias concretas de hombres y mujeres a tener que ser exigidos a encarnar un ideal hegemónico de persona o ser humano construido desde contextos históricos concretos y por lo mimos cargados valoricamente de género.
En un sentido similar Maturana y Varela debaten sobre lo propio de la condición humana y recrean en el campo de las ciencias sociales y las humanidades los hallazgos de la biología contemporánea, para hablarnos del ser viviente, mismo que irrumpe en el espacio y el tiempo dándose viabilidad a sí mismo, autopoyeticamente. La autopoyesis, expresaría así este acto de autoconstitución de la experiencia de vivir, misma que para la experiencia humana es cargada de sentido mediante el uso del lenguaje y en la que la carga de género es entendida como parte del conjunto de estrategias con las que y desde las que se da viabilidad cada individuo/a de la especie.
Historicidad
Analíticamente esta concepción del género nos lleva a una revaloración de la historia como experiencia, en la que la irrupción en el espacio y en el tiempo instituye una historicidad concreta, de tal forma que cada individuo/a no puede ser entendido fuera de esta historicidad, de esta forma en que participa de las configuraciones que lo posibilitan y de las que participa como el pez en la pecera, incapaz de reconocer la recursividad y la mutua determinación del ser y el estar siendo.
Así cada individuo/a expresa una historicidad especifica de la que no puede escapar o sin la cual no puede ser entendido/a, comprendido/a. En esta historicidad las rutas o trayectorias biográficas en que puede ser concretada cada experiencia pueden descubrirse o reconocerse estrategias relacionadas con la viabilidad específica de cada individuo/a, entre las que las construcciones de género son a la vez producto y medio, estrategia y recurso.
A este nivel, el género no sólo expresa una historicidad específica sino que la posibilita y la construye a la vez que el individuo/a se ratifica o reafirma, se instituye y posiciona, se da viabilidad a sí mismo/a y a su género propio, muy particular, específico.
Espacio temporalidad
En este tenor de cosas, la historización del género representa las formas específicas en que acontece la individuación concreta del individuo/a o la construcción de su subjetividad, historización que remite a pautas y patrones específicos, mismos que pueden ser interpretados por la espacio-temporalidad que éstos representan/producen.
Esta concreción en el espacio y el tiempo, mediante rutinas, lugares, cuerpos y estilos o modos de operar (de apropiación, De Certeau,1998) específicos, permiten abordar los estudios de género, ya se de las masculinidades diversas o de las distintas formas de ser o construirse como hombre. La espacio-temporalidad nos permite abocarnos al registro fino (casi esquisoide, Lefebre, 1978) de las particularidades de cada experiencia, en nuestro caso las relacionadas con aquellas formas de construirse como hombres de la población de sexo masculino con condición de inmigrantes en Ciudad Juárez a inicios del tercer milenio.

